El cáncer es la segunda causa de muerte en niñas y niños de entre 5 y 14 años en México, solo después de los accidentes, y ocupa el primer lugar entre las enfermedades que provocan fallecimientos en este grupo de edad. Aunque representa apenas alrededor del 5 % de todos los casos de cáncer en seres humanos, su impacto es profundo si se considera que cerca del 30 % de la población mexicana es menor de 18 años. Se trata, por tanto, de un problema de salud pública que exige diagnóstico oportuno, acceso a tratamiento y seguimiento especializado.
De acuerdo con la profesora Aurora Medina Sanson, de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuando existen los recursos adecuados para atender a estos pacientes, aproximadamente 75 % de los niños y adolescentes pueden curarse si reciben el tratamiento apropiado. Es decir, más de siete de cada diez menores tienen posibilidades reales de superar la enfermedad. La edad promedio de diagnóstico se ubica entre los 6 y 10 años, lo que significa que, si logran recuperarse, podrían vivir muchas décadas más y alcanzar la esperanza de vida de la población general.
Cada año se estiman entre 11 y 18 casos de cáncer pediátrico por cada 100 mil habitantes en el país, lo que equivale a entre 4 mil y 7 mil nuevos diagnósticos anuales, aunque no existen cifras absolutamente precisas. A nivel mundial, la Organización Panamericana de la Salud calcula que al menos 300 mil niños y adolescentes son diagnosticados cada año.
El cáncer infantil puede originarse prácticamente en cualquier tejido del cuerpo. Se trata de procesos en los que se pierde el control de la división celular, dando lugar a tumores sólidos o enfermedades hematológicas como las leucemias. El tipo más frecuente en pediatría es la leucemia aguda linfoblástica, seguida por los tumores del sistema nervioso central.
Las causas son multifactoriales. Existen factores genéticos, como el Síndrome de Down, que incrementa de manera significativa el riesgo de desarrollar leucemia aguda, con probabilidades entre 14 y 20 veces mayores que en la población general. También intervienen factores ambientales, como la exposición a radiación ionizante; por ejemplo, recibir radioterapia por un tumor cerebral puede elevar el riesgo de un segundo cáncer.
Algunos virus también están implicados. El virus Epstein-Barr se asocia con ciertos linfomas; los virus de hepatitis B y C pueden relacionarse con carcinoma hepatocelular, y el virus de inmunodeficiencia humana incrementa el riesgo de neoplasias debido a la alteración del sistema inmunológico. Además, las inmunodeficiencias congénitas o adquiridas aumentan la probabilidad de desarrollar linfomas.
Los síntomas pueden ser inespecíficos al inicio. Fiebre persistente, cansancio extremo, pérdida de apetito y de peso pueden presentarse en diferentes tipos de neoplasias. En el caso de la leucemia, los signos suelen agruparse en varios síndromes. El anémico se manifiesta con palidez, fatiga y debilidad; el hemorrágico con sangrado nasal, encías sangrantes, moretones frecuentes o pequeños puntos púrpura en la piel; el infiltrativo con crecimiento de ganglios, aumento del tamaño del bazo o encías inflamadas; y el febril, asociado tanto a infecciones como a la propia actividad de la enfermedad.
En muchos casos, los signos son evidentes: el menor sangra con facilidad, presenta moretones sin causa aparente, se muestra pálido y fatigado o desarrolla ganglios inflamados en el cuello. Estos cambios suelen alertar a las familias y motivar la búsqueda de atención médica.
Los tumores del sistema nervioso central, por su parte, suelen manifestarse con dolor de cabeza persistente, vómito en proyectil —especialmente por las mañanas— y otros signos de hipertensión intracraneal. También pueden presentarse alteraciones visuales, problemas en la marcha o pérdida de fuerza muscular. En los tumores de tejidos blandos, el signo más evidente suele ser la aparición de una masa o bulto de tamaño variable en alguna extremidad.
El tratamiento del cáncer pediátrico se sustenta en tres pilares fundamentales: quimioterapia, cirugía y radioterapia. Las dos primeras constituyen la base de la oncología pediátrica, mientras que la radioterapia tiene indicaciones específicas, principalmente en ciertos tumores sólidos y del sistema nervioso central, y cada vez menos en las leucemias agudas. En años recientes se han desarrollado terapias moleculares dirigidas, que identifican blancos específicos en las células cancerosas para bloquear las señales que promueven su crecimiento y división.
El mensaje central es claro: el diagnóstico temprano puede marcar la diferencia. Detrás de cada caso hay un niño o una niña con la posibilidad de vivir una vida plena durante décadas. Garantizar acceso oportuno a atención especializada no solo salva vidas en el presente, sino que preserva futuros enteros.