«Lo hago más tarde», «solo voy a descansar cinco minutos» o «empiezo después de revisar el celular». Son frases que la mayoría ha dicho alguna vez. Posponer tareas importantes es un hábito común y, aunque muchas veces se asocia con falta de disciplina, la psicología sostiene que la procrastinación es un fenómeno mucho más complejo.

De acuerdo con investigadores especializados en comportamiento humano, alrededor de una de cada cinco personas procrastina de manera habitual. Más que un problema de organización, este comportamiento suele estar relacionado con la manera en que cada persona enfrenta el estrés, la ansiedad y otras emociones desagradables.

El doctor Itamar Shatz, investigador de la Universidad de Cambridge y autor de un libro sobre el tema, señala que comprender por qué una persona procrastina puede ser el primer paso para romper ese patrón. Según su propuesta, existen nueve perfiles de procrastinadores, aunque una misma persona puede identificarse con varios de ellos dependiendo de la situación que atraviese.

Uno de estos perfiles es el del soñador, quien dedica demasiado tiempo a imaginar resultados futuros y termina postergando la acción. El rebelde, en cambio, retrasa sus responsabilidades como una forma de recuperar la sensación de control cuando percibe que las obligaciones le son impuestas.

También está el hedonista, que prioriza el placer inmediato por encima de los beneficios a largo plazo, y el buscador de emociones fuertes, quien disfruta la adrenalina de trabajar bajo presión y deja las tareas para el último momento con la intención de sentir ese impulso de urgencia.

Otro perfil es el de la persona inconstante, que cambia continuamente de actividad sin concluir ninguna. A estos se suman los preocupados, que retrasan las tareas por miedo a cometer errores; los pesimistas, convencidos de que el resultado será negativo; los perfeccionistas, que esperan el momento o las condiciones ideales para comenzar; y las personas agotadas, cuya carga física o mental les dificulta iniciar nuevas actividades.

Sin embargo, no todos los especialistas están convencidos de que estas categorías definan a las personas. El psicólogo laboral Ian MacRae, integrante de la Sociedad Británica de Psicología, considera que estas etiquetas pueden ser útiles siempre que se entiendan como comportamientos temporales y no como rasgos permanentes de personalidad.

En lugar de pensar «soy un perfeccionista», el especialista recomienda adoptar una perspectiva más flexible, como «hoy estoy actuando de manera perfeccionista». Este cambio de enfoque permite reconocer que los hábitos pueden modificarse y evita que las personas se definan por un comportamiento específico.

Una postura similar, aunque desde otra perspectiva, es la de la profesora Fuschia Sirois, experta en procrastinación de la Universidad de Durham. Para ella, la raíz del problema no está en la personalidad, sino en la regulación emocional.

Según explica, las personas no procrastinan porque quieran evitar una tarea, sino porque intentan escapar de las emociones negativas que esa actividad les provoca, como ansiedad, estrés, miedo al fracaso o inseguridad.

La investigadora señala que diversos estudios sobre el funcionamiento del cerebro muestran diferencias en las regiones relacionadas con el manejo de las emociones en quienes procrastinan con frecuencia. Cuando una tarea genera una sensación de amenaza, la amígdala cerebral responde rápidamente activando una reacción emocional, mientras que la corteza prefrontal, encargada del razonamiento y la planificación, tarda más tiempo en intervenir.

Esa diferencia explica por qué muchas personas terminan buscando distracciones inmediatas en lugar de enfrentar la actividad pendiente.

Aunque no existe una fórmula universal para dejar de procrastinar, los especialistas coinciden en que el primer paso consiste en identificar qué emoción está provocando la postergación. Reconocer si el problema nace del perfeccionismo, del miedo al fracaso o de una autocrítica excesiva ayuda a encontrar estrategias más efectivas.

También recomiendan utilizar técnicas de respiración y atención plena para disminuir la ansiedad, dividir las tareas grandes en objetivos pequeños y comenzar por acciones sencillas que generen una sensación temprana de avance. Reducir las distracciones y practicar la autocompasión, en lugar de castigarse por procrastinar, también puede favorecer un cambio de hábitos.

Curiosamente, la procrastinación no siempre tiene consecuencias negativas. Ian MacRae señala que, en algunas ocasiones, esperar puede resultar beneficioso porque ciertos problemas terminan resolviéndose por sí solos o aparecen mejores alternativas con el paso del tiempo.

No obstante, cuando se trata de obligaciones importantes, el mayor desafío suele ser dar el primer paso. Los expertos coinciden en que la motivación no siempre llega antes de empezar, sino que con frecuencia aparece una vez que la persona ya está en acción. En otras palabras, iniciar, aunque sea con una pequeña tarea, puede ser la mejor estrategia para romper el ciclo de la procrastinación.